Kimetsu No Yaiba:悲しみに囚われた
Fall of the Heavens

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Mensaje por Jingyi Mar Ene 26, 2021 4:30 pm

»En lo que más consciente fui en esta vida, fue que uno no tiene que nacer como lo que sea o dicen que debes ser para convertirte en eso, añadiendo un toque personal.

¿Alguna vez extrañaría la luz del sol?

Era una pregunta que muchas veces se hacía Jingyi, cuando se permitía salir de sus oficinas. Lo cierto, es que no sentía ningún apego por el sol, ni la mañana ni nada de lo que otros podrían llamar hacer vida normal. Nunca había sido de desear lo que ya no podía tener. Era gastar energía que debía usar para mantenerse con vida y seguir con vida.

Contenerse no le había sido útil en ningún caso. Nada de lo que hizo como humano le había dado el estatus que había deseado y, ahora que sólo había necesitado usar un poco la cabeza había adquirido el poder e influencia que como humano nunca hubiera podido alcanzar.

No extrañaba el sol que lo había abrasado en vida, no deseaba bañarse en la supuesta cálida luz de aquel astro que tanto habían disfrutado aquellos que lo habían reducido a algo mucho peor que un esclavo. La idea de compartir algo como aquello le provocaba...

Tengo hambre. ¿Nori? —se detuvo en mitad del camino, Jingyi. Miró  a su alrededor, buscando al humano asistente casi pareció sorprenderse cuando lo encontró varios metros atrás de él.  El joven, pasó una mano por sus cabellos, removiendo algunos de sus mechones fucsia—. ¿Qué ocurre?

Jefe, esta mañana seguías comiendo. ¿Está todo bien, quieres que vaya a buscar a Jung y se encargue del trabajo de esta noche?—preguntó Nori, haciendo una pequeña reverencia en lo que intentaba pensar en cómo podía disuadir al oni de continuar el trabajo si cabía la posibilidad de convertir la nueva sala de opio en un baño de sangre y entrañas desperdigadas por todo el salón.

¿Es cierto? Entonces debe ser otra cosa... No te preocupes, Jung tiene demasiado trabajo. Además prometí que me inmiscuiría más en esta nueva misión—entornó los ojos y retomó el paso.

A Jingyi no le gustaban las fiestas, mucho menos las clandestinas porque llevaban mucho más trabajo. No era la primera que habían tenido que hacer, y era probable que no fuese la última. Crear algo que pudiera alertar, fiestas a las que acuden jóvenes y adultos a deshinibirse y comportarse como nunca lo harían frente a sus madres, fiestas dónde desaparecer humanos.

Debía admitir, el pequeño empresario del crimen, que aquellas pequeñas fiestas en los centros de opio eran un maravilloso campo de cultivo. Podía dar de comer y, al mismo tiempo, ofrecer entretenimiento a ciegos inversionistas.

Si uno estudiaba a los humanos, uno podía descubrir a aquellos que estarían más que encantados en convertirse en demonios. Jingyi los engañaba, usaba a Nori como ejemplo, si alguien de apariencia tan joven podía tener ya más de cincuenta años sin ser demonio completo, ¿podrían imaginar lo lejos que podrían llegar ellos como demonios completos? Tendrían no sólo la influencia y el poder adquisitivo, sino que también la fuerza necesaria para doblegar a todos.

Era gracioso verles caer en esa tentación y verse tan dispuestos a cometer completas locuras en pos de conseguir la vida plena y eterna que tanto se merecían, después de todo lo que habían trabajado.

Le daban asco.

Pero comérselos, le producía un extraño placer que resultaba adictivo.

Las clases medias normalmente no tenían nada que temer del oni, quien no tenía nada con lo que pagar su tiempo; no le llenaría tampoco el estómago. La única excepción que hacía, era con los cazadores.

Desgraciadamente, comérselos nunca le satisfacía. No le llenaba. Aumentaban el vacío que siempre dejaba la inhibición de los deseos más profundos de Jingyi. Esos que incluso a él le provocaban terror.

Al entrar en el local, seguido por Nori; fue recibido por una nube pesada. El olor entremezclaba el opio con el alcohol. Envueltos en una melodía incitante y mística, la gente reía, bebía y bailaba en las formas más absurdas y escandalosas que a uno podría ocurrírsele.

Era curioso e hilarante.

Era horrendo y patético.

Definitivamente, no es hambre—era algo mucho peor. Hizo una señal a Nori, el cual se acercó y esperó a que su jefe se inclinase para susurrarle su siguiente orden. Había terminado por lo que quedaba de noche, desconcertado el joven observó a su Chandra y simplemente asintió sólo para disponerse a salir del salón.

Independientemente de lo que pudiera ocurrir aquella noche, Jingyi sabía que no quería a Nori de testigo.
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Mensaje por Wolfgang Lauridsen Jue Ene 28, 2021 6:53 pm

No habían pasado ni cinco minutos dentro cuando ya deseaba sacar la cabeza por una ventana, o tal vez todo el cuerpo y largarse de allí. Ni siquiera en su país natal se le daba irse de fiesta, eso se lo dejaba a su primo Hansel, el encargado de conseguir todos esos puntos de reunión dónde los estudiantes de la academia disfrutaban de un buen ambiente, sin contar el alcohol y los viajes que tan inspirativos resultaban para los de filosofía y letras.

¿Cuántos continentes imaginarios habrá descubierto esta gente en lo que llevo aquí?, se preguntó, no sin ironía por su propia suerte, mientras observaba el ambiente desde uno de los rincones más reservados, junto a una viga de madera ornamentada en la que descansar la espalda. Una copita de sake vacía reposaba entre sus dedos, hacía un minuto que tiró el contenido por algún lado. Wolfgang no bebía en horas de trabajo, pero lamentablemente el trabajo incluía mezclarse, e iba a ser muy raro si no se le veía disfrutando algo.

Había estado en casas de opio antes, cuando entrenaba con Ada, a veces acompañaba a sus aprendizas durante sus momentos de descanso; no se le daba el gusto por fumar, en cambio, siempre aceptaba cualquier botella de alcohol que le ofrecieran. Sin embargo, jamás había estado en una tan grande, con tanta gente desatada y alegre; gente que en su mayoría gozaba de cierto estatus social del cual jactarse.

Todavía le sorprendía que les hubiesen dejado pasar, a él, el kakushi que le acompañaba y su compañero de misión. Los tres jugaban el papel de músicos de ambiente, les tocaría su número cuando acabara la primera agrupación, y se suponía que su misión debía acabar antes de ello o se arriesgarían a más que dar un espectáculo lamentable. No deseaba que su primera experiencia en público con el koto fuese humillante, tampoco quería recurrir a un improvisado plan B de usar el violín de su difunto tío.

¿Los has visto ya? —le preguntó Keiichi, su compañero cazador no aguantó la tentación de beberse una copita de sake, “para los nervios”— hay demasiada gente, demasiado humo.

Vi a uno de ellos en los asientos de la derecha, sigue esperando a su colega —Wolfgang le apartó la segunda copa de la mano con un gesto— vas a necesitar tener la mente aquí, y no en las nubes.

Eres demasiado estricto, Okami-kun —los que no conseguían pronunciar bien su nombre acababan llamándole así, a esas alturas, a Wolf le tenía sin cuidado— ¿sabes?, me sienta bastante mal este tipo de misión, no me siento como un cazador. Más bien…

Ya, yo tampoco.

Recordó la breve pero intensa reunión con Asagami, hace ya muchos, muchos meses atrás; cómo le prometió que le ayudaría a Tokito y a ella con la investigación y el vacío en el estómago que sintió cuando leyó los nombres de las personas que les tocaría sancionar esa misma noche, por no decir lo obvio. Debían evitar a toda costa que siguieran comerciando información sobre los cazadores, más importante, estaban seguros que esta noche darían datos sensibles acerca de quienes ahora les daban caza por traidores.

Wolfgang no iba a darse el lujo de que expusieran a nadie, y si bien Ada y el Clan Sato sabía cuidarse muy bien las espaldas, no iba a quedarse de brazos cruzados mientras un grupo de jóvenes avariciosos y corruptos permitían que otros salieran dañados por satisfacerse a sí mismos. No en su jodida guardia, colega.

Hagamos lo que tengamos que hacer —le dio ánimos, Keiichi asintió, vio como buena señal que accediera voluntariamente a olvidarse del alcohol y moverse.

¿No esperaremos a averiguar quién es el demonio?

Creo que lo sabremos antes de lo planeado —dijo como si se tratara de una corazonada, mientras se arreglaba el dobladillo de la manga del haori vistoso que se obligó a llevar. Los músicos no deberían lucir demasiado sobrios en Japón, para su disgusto.

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Mensaje por Jingyi Vie Ene 29, 2021 3:50 pm

El ambiente era de por sí, desagradable.  En la expresión de Jingyi apenas se notaba el hastío que iba en aumento con cada paso que daba para adentrarse en local. Los fumaderos de opio no eran su lugar favorito. Sustancia que a tantos les ayudaba a despejarse, deshibibirse y  cometer estupideces sin pudor alguno, no surgía ningún efecto en él. Probablemente por toda la resistencia que había tenido que crear para controlar sus propios impulsos a causa de su arte de sangre.

Una cosa era encontrar entretenimiento en las reacciones de los demás y la otra ser él quien se sintiera un animal a punto de entrar en celo. No, gracias.  No podía permitirse perder el control.

Y mientras pensaba eso,  hizo su parte. Activó su arte de sangre y aunque en un local de aquel tamaño la influencia no debía ser tan grande, existían en los puntos más estratégicos una suerte de quemador de esencias que en locales como aquellos servían para emitir aceites de diversas esencias que mitigasen el fuerte olor a opio. En el caso de esa sala específicamente, lo único que se quemaba era la sangre del demonio. O un sucedáneo de la misma.

Con su sangre, el Alquimsita creaba una sustancia que servía como propagador de los efectos enardecedores del arte de sangre de Chandra.  Aunque siempre resultaba abrumador ver a tanta gente colapsar en actitudes desmesuradas. Nunca le habían agradado las grandes multitudes, pero... el trabajo, era el trabajo.

¡Maestro Chandra! —el oni arqueó las cejas al escuchar su pseudónimo pronunciado por uno de los ricachones que aquella noche se encontraban festejando. La expresión del hombre era una desagradable mueca de absurda satisfacción: pupilas dilatadas, labios entreabiertos, su mirada perlada en una fina película acuosa y por supuesto, el jadeo cadente que arrastraba para hablar. ¿Realmente se sentía tan bien?—. ¡Que bueno verle! Pensábamos que hoy no iba a -AH ... a-ah~ —la reacción del demonio fue más rápida que su propio cerebro porque, cuando quiso ser consciente de lo que pretendía hacer,  ya había tomado del cuello al humano para arrastrarlo hasta él.

Olvidándose del espacio personal, Jingyi apretaba el cuello del hombre y observaba, sin pestañear,  las diferentes reacciones que surcaban su rostro. Había algo de encanto en como el cuerpo del otro reaccionaba con ligeros espasmos. En realidad debía estar doliéndole muchísimo, eso o realmente el señor Aidou era muy sensible.

Es curioso. Como trata de pedir más, aunque una parte de usted sabe que un poco más de presión le mataría. ¿Tan bien se siente, Aidou-san? —la expresión de perpleja curiosidad no lo abandonó, pero si desistió en el acto de comprender aquella reacción en cuanto un fino hilo de saliva rozo el dorso de su mano. De no haberlo soltado, se habría desmayado—. La manera en la que con tan poca dignidad muestra su secretos Aidou-san me es ignominiosa. Resulta un misterio para mi como puede mirarse al espejo todos los días sin morir de la vergüenza —casi reprendió el oni, mientras se limpiaba la mano y miraba de reojo al hombre que trataba de serenarse.  En silencio y sin moverse, esperó en un tenso silencio.  No iba entretenerse con charla inútil. Estaba ahí por algo e iría directo al asunto.

Mis... mis amigos están esperándole. Estoy seguro de que le complacerá lo que tienen que decir —le respondió, mientras hacía un aligera reverencia y le guiaba entre la multitud de personas.

No tanto como a ti,  probablemente—espetó, entre dientes. Mientras se encaminaba a una mesa un poco más recatada dónde esperaban los informantes.

Al parecer cazadores. Resultaba irónico y hasta hilarante que ambos bandos tuvieran sus propios traidores. ¿Le estaría haciendo un favor a los del a organización si los asesinaba después?

A Jingyi nunca le habían gustado los chivatos , y los desertores mucho menos.
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Mensaje por Wolfgang Lauridsen Vie Ene 29, 2021 8:22 pm

O-oye Okami-kun, ¿no notas que esto se está… poniendo un poco raro? —preguntó Keiichi, estiraba el cuello del uniforme —bajo las capas de ropa de músico— con el dedo como si de repente le golpease una ola de calor, en pleno invierno. Sudaba y no se debía a los nervios, también, el ritmo de su respiración era distinto de lo usual, ligeramente jadeante.

Wolfgang también se daba cuenta del cambio, sutil pero nada invisible. Le era complicado explicar su propio sentir, mucho más que las escenas montadas por parejas, tríos o incluso grupos de personas. Él, que solían valerle madres más de la mitad de las formas de comportarse de forma correcta en la sociedad, encontraba aquello escandaloso y casi, casi abominable. ¿Es que acaso no se daban cuenta de dónde estaban para hacer cosas que nadie debería estar obligado a ver?

Por el lugar en qué nos encontramos no sería extraño que estuviese circulando alguna droga estimulante —se obligó a pensar frío, todo lo que pudiese conseguir anclarlo a la situación. Podía ignorar la sensación extraña para centrarse en lo que consideraba importante, al menos, mientras se mantuviese a un nivel que pudiese controlar— ha sido muy rápido cómo empezó a actuar, ¿cómo la habrán distribuido sin que…?

Okami-kun —el joven de cabellos verdosos le puso la mano en el hombro para llamar su atención, Wolf no era de los que estuviese muy acostumbrado a que invadieran su espacio personal con tanta confianza, en especial si no se trataba de nadie muy cercano a él; en aquel momento le restó importancia la manera que Keiichi lo acercó e hizo girar en la dirección que venía el otro cazador de la lista, quién sorteaba a la gente con aire medio ausente en compañía de una jovencita que reía. Ambos se dirigían al encuentro del otro en las alas privadas.

Nuestro turno —susurró, antes de separarse de Keiichi fue Wolfgang quien le puso ambas manos sobre los hombros— usa tu respiración para retrasar los efectos de lo que sea que nos esté afectando. Mientras más rápido nos encarguemos de esta cita, más rápido nos sacaremos esto.

Keiichi estuvo a punto de soltar un comentario que habría conseguido que su compañero estuviese más que dispuesto a partirle la cara si eso lo hacía espabilar, y porque todavía quedaba un trecho para que se le olvidaran sus prioridades no lo hizo. Ambos cazadores tomaron sus armas camufladas de entre el equipaje de “instrumentos” e hicieron lo mejor que pudieron para hacerse camino entre el mar de personitas enardecidas.

La buena noticia es que todos se hallaban tan concentrados en sus propias necesidades que nadie le daría importancia a detalles que una mente más atenta encontraría peculiares, como el bulto con vendas de tela en la espalda del castaño o la katana oculta entre las ropas del peliverde. Ambos cazadores tuvieron que ver dos o tres escenas subidas de tono en lo que conseguían llegar al área de las mesas más apartadas, reservadas para grupos pequeños o parejas que querían algo más de privacidad. Los dos se sentían avergonzados y extraños, Wolfgang más de lo que deseaba admitir.

¿Keiichi? —llamó cuando se dio cuenta de que su compañero no dejaba de mirar algo que heló la sangre de los dos. En un rincón, dos chicas se lanzaban mordidas salvajes sin medirse en la fuerza que imprimían sobre la piel de la contraria, de los labios les resbalaba sangre, como dos animales, o demonios en plena faena alimenticia. —Vamos a darnos prisa… —sugirió en voz baja y tono grave, la escena les había servido para enfriarse un poco, a base de terror.

Cuando llegaron al área había un par de individuos que no reconocieron en absoluto en la mesa, acompañaban a los dos cazadores y tenían aires muy distintos el uno del otro. El primero era un hombre de apariencia adinerada, Wolfgang llevaba el tiempo suficiente en Japón para reconocer a los de estatus elevado por su forma de vestir, insistían en imitar el estilo occidental, pero a veces se les veía con ropas tradicionales de diseño ostentoso. El otro, un individuo bastante alto para tratarse del japonés promedio, le resultaba un poco más difícil de clasificar.

Uno de los dos es el demonio, o los dos son enviados de este, pensó a la par que miraba a Keiichi, quien iba por la misma línea de pensamiento. Ya habían empezado a hablar, Wolfgang esperaba que a esa altura todavía estuviesen discutiendo las presentaciones y no acabaran de pasar la información.

Sea como fuera, la cita llegaba hasta ahí en lo que a ellos respectaba.

La mesa dónde los cazadores acababan de deslizar un sobre de manila a los dos hombres acabó brutalmente hecha astillas bajo el peso de una prominente hacha de guerra que no cayó allí por pura casualidad, ambos chillaron incrédulos y sobresaltados, como si acabaran de salir de un trance muy profundo de la forma más violenta posible. Cayeron de sus asientos e intentaron ponerse de pie después de que identificaran al cazador que se acercaba a recoger su arma y encarar a sus colegas traidores. Keiichi reapareció con el arma en mano cerrándoles el camino.

Upsie, se me escapó el hacha —soltó con sorna en lo que tomaba a Bernadette del mango y dedicaba una mirada de fingida disculpa a los hombres que no conocía— lo siento señores, el negocio se cancela por problemas internos. Ahora vuestro asunto es conmigo.

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Mensaje por Jingyi Sáb Ene 30, 2021 2:43 pm

En algún momento Jung había sugerido dejar la pequeña Vendetta que habían estado maquinando contra el cazador de la respiración de llama y su compañero oni. No era propio de ellos tomarse una afrenta de un modo personal. No era propio de su Chandra.

Jingyi, a veces, sentía curiosidad por entender la forma en que sus compañeros y subordinados le veían. No comprendía del todo por qué se había ganado tanta lealtad; imaginaba que muchos de ellos sentían el mismo nivel de fascinación que él tenía para con ellos. 

Pero incluso él, se podía sentir molesto cuando le hacían perder inversiones. No sólo eso, Shamash parecía ser de los pocos oni que comprendían incluso mejor que él sus problemas y necesidades. No se atrevería a llamarle amigo, Muzan le librase por siempre de tenerlos y mucho menos desearlos.

Sin embargo, había algo en la desaparición del maestro de Jung que había descolocado al demonio. No sólo era todo el dinero que iba a perder a causa de su asesinato,  existían otras pérdidas que no lograba cuantificar. Y como no podía cuantificarlas sólo veía lógico pagar con la misma moneda. Provocando pérdidas que no podían cuantificarse.

En el caso de los humanos, solía ser emocional. Por lo que le tocaba esforzarse. Los pagos sentimentales solían ser problemáticos y daban mucho trabajo.

Tan ensimismado se encontraba con sus cavilaciones que no había prestado atención a los cazadores con los que se dedicaba a negociar Aidou-san. El otro hombre parecía buscar, efectivamente, la mejor manera de mantenerlo complacido y al parecer creía que llevar todo el trabajo de hablar con los otros humanos era suficiente.

Si sólo fuese suficiente con eso.

Entonces, aparecieron ellos. O mejor dicho, él.

Sus  ojos se quedaron clavados en el hacha, y luego su mirada se posó en la silueta de los dos individuos que habían interrumpido la negociación.  Cazadores que habían seguido a los otros cazadores, y parecían querer destruir el local.

Parece, no parecen —murmuró entre dientes. El humano callado, el que estaba situado junto al del hacha luchaba para no caer presa de su arte de sangre, pero Jingyi sabía perfectamente que sólo debía darle un pequeño golpe para tenerlo en el suelo y pidiendo más. Podría haberlo hecho, pero algo en  él le llamó la atención.

Entornó los ojos hacia el joven que había empuñado el hacha.  Y algo le inquietó. La falta de reacción.  No olía los tan desagradables químicos que segregaban los humanos cuando estaban excitados.  ¿Por qué no?  ¿Era inmune a su arte de sangre?

Jingyi se movió, un poco incómodo y, al mismo tiempo, un poco curioso. Era la primera vez que encontraba a alguien capaz de resistir sus impulsos. ¿A qué se debía? Urgh. Si Shamash siguiera vivo, ya le hubiera entregado una tesina sobre el asunto.

No. Los cazadores humanos no están en disposición de negociar —se sorprendió, Jingyi al darse cuenta  que su voz no se escuchaba como debería. Nadie parecía notarlo, pero tampoco resultaba un consuelo para él. Lo importante y lo molesto es que él lo había notado. Hizo un gesto suave con la mano, suficiente para usar su arte de sangre en los cazadores traidores para que parecieran sumirse en un nuevo trance, más profundo y menos placentero. No iban a moverse de ahí en un buen rato—. Vuestro asunto es conmigo.  La mesa cuesta 12.000 yenes —que para esa época era una maldita barbaridad—. Imagino que no podéis pagarlo así que, preferiría que vuestro asunto se lleve fuera.  Dudo que queráis inmiscuir a más humanos inocentes. Decadentes, pero libres de hm...  —miró de reojo al  compañero del  cazador del hacha—. Curioso. No deberías contenerte tan fuerte para  tratar de...¿quedar bien? ¿Es eso, quieres quedar bien o no parecer menos algo? Supongo que es lo mismo —iba a añadir que podía ser peligroso y perjudicial para su cuerpo, pero no tuvo tiempo. El ligero espasmo del que pensaba era otro cazador, le hizo adelantarse y alargar un brazo para evitar que cayese al suelo.

Si el humano se abría la cabeza ahí en medio crearía un episodio muy desagradable entre los que había en esa zona. Aidou probablemente se hubiera abalanzado sobre él. Al fin y al cabo, parecía que le agradaba el sabor de la carne humana—. Fuera.

Jingyi no era violento. No le gustaban los humanos. Le desagradaban los cazadores. Pero ante todo, hacía las cosas de un modo pragmático. Seguía necesitando aquel local.  Precisamente por eso, había evitado que el cazador cayese al suelo. Y también era esa la razón por la que lo acompañaba sin una pizca de hostilidad hasta la salida más próxima.

Para un humano contenerse puede ser muy peligroso.  Realmente los cazadores sois extraños y muy... ah. No sé cual sería la palabra, ¿entrañables? Dame un momento, hace años que no intento... —miró de reojo al otro cazador y volvió a sentirse incómodo. Él si que era raro. Por eso centraría  la atención en el otro.

Al llegar afuera, ayudó al humano a sentarse. Intentó recordar lo que hacía con Nori los primeros años de tenerlo a su lado. Para evitar que su arte de sangre le influyese tanto. Aspiró profundamente y le dio un pequeño  golpe en la sien, el cuello y luego le tomó muy delicadamente de la muñeca—. No voy a matar a nadie, así que preferiría que no usaras el hacha cuando trato de evitar que tu amigo se desparrame por el suelo —anunció , mientras decidía asomar de nuevo sus cuernos, para más comodidad. Siempre era desagradable pasar por humano—. Y ahora tú, tienes que cerrar los ojos y concentrarte en respirar, en unos minutos estarás bien.

Si aquello fuese una situación normal, Jingyi hubiera desaparecido. Avisando a otros de sus subordinados para que se hicieran cargo del estropicio. Pero la situación se le hacía curiosa y podía arriesgar su pellejo un rato más.
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Mensaje por Wolfgang Lauridsen Dom Feb 21, 2021 1:32 pm

A Wolfgang no le sorprendió tanto no reconocer al demonio como sus formas de reaccionar ante la intromisión en sus dominios, después de todo él seguía siendo un mizunoto, no llevaba tanto tiempo como cazador y por supuesto, la mayoría de los demonios con las que tuvo la suerte de toparse en sus misiones, no solían ser del tipo que se tomaba su tiempo para hablar más que intentar matarle por todos los medios. En comparación con ellos, aquel parecía inquietante.

Civilizado no, racional. De los que dan problemas de verdad. Esa fue su conclusión, ya comenzaba a fastidiarle estar en lo correcto, tanto como él no haberle prestado más atención a la condición de Keiichi. Sea lo que estuviese sintiendo, se veía mal tratando de resistirse, y cuando el demonio tomó la iniciativa de sostenerle, Wolfgang no pudo hacer más que seguirle el juego. No quería perder a su compañero, ni a los otros traidores por descontado.

Antes de cuestionarse su forma precipitada de actuar y confrontar a un enemigo cuyo alcance y habilidades desconocían, Wolfgang empezó por autoanalizarse respecto a las sensaciones que sentía. ¿Era felicidad?, ¿ligereza?, ¿euforia?, no, se trataba de algo más raro, pero al no reconocerlo como algo natural había optado por ignorarla con todas sus fuerzas y mantenerse enfocado, porque sus pellejos dependían de eso.

No la usaré si no me das más motivos para ello —replicó sin quitarle la mirada de encima tanto al demonio, ahora con todo el aspecto de uno, y a su amigo, el cual haciendo caso a las palabras del otro intentó regular su respiración en busca de serenarse. —Tu arte de sangre, ¿que le hizo a Keiichi, a los otros y... ? —Wolfgang hizo un esfuerzo por no exasperarse al darse cuenta de que parecía ser el único que no comprendía del todo como funcionaba el efecto de aquella misteriosa droga, o lo que fuera. Seguía siendo molesto que le costara respirar con normalidad, y toda la maldita ligereza. —No sé hasta qué punto es cierto el “no voy a matar a nadie”, pero digamos que te creo. Esos imbéciles con los que ibas a verte siguen siendo cazadores, no voy a dejarlos allí.

O-okami-kun… espera… —Keiichi hizo un esfuerzo por hablar entre bocanadas de aire, todavía no se recuperaba del todo, pero más podía la urgencia de intentar que el chico del hacha no sucumbiera a la presión de ser el responsable de su seguridad, la de los traidores, y en fin, de toda la misión. —Piensa… bien…, ese lugar… está lleno de todo él. A-además tú...

Wolfgang lo miró intentando no mostrar flaqueza alguna por la sorpresa de no haber caído en la cuenta de algo que sin duda su compañero, a fuerza de padecer, sí.

Estoy bien, sea lo que sea esté provocando. Trata de descan… ¿por qué me miras así, Keiichi? —el chico de cabellos verdes pareciera estar viendo a un perro del mismo color—, como sea, ¿te importa si nos llevamos a esos idiotas de aquí? —inquirió de nuevo al demonio, no pudiéndose creer que estuviese mediando este asunto sin su compañera Bernie, con quien todo se volvía más sencillo. Pero mientras Keiichi, los cazadores traidores y el resto de inocentes estuviesen bajo ese extraño arte de sangre, no le quedaba de otra.

Odiaba las negociaciones.

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Mensaje por Jingyi Miér Abr 14, 2021 12:50 pm

No le preguntes cosas que no quiere responder, es poco amable e irrespetuoso con tu compañero —y porque Jingyi solía ser asquerosamente correcto cuando quería, decidió que lo mejor que podía hacer él también era no explicarle al cazador del hacha por lo que estaba pasando el otro humano. Comenzaba a verse doloroso y, por otro lado, más atractivo, también empezaba a oler delicioso—. Los cazadores soléis ser molestos, pero nunca imaginé que también lo seríais en tantos espectros diferentes.

Jingyi volvió a inclinarse sobre aquel a quien el otro había llamado “Keiichi”, los ojos del oni emitieron un suave brillo verdoso en lo que le observaba; cualquiera que estuviera en la piel de Keiichi sentiría que el escrutinio al que era sometido era diferente al usual. Del demonio no podía percibirse la típica sed de sangre de sus congéneres, la quietud y la falta de hostilidad, sumada a esa mirada imperturbable, profunda e inquietante; uno podría imaginar que estaba frente a un tipo de depredador muy distinto al usual.

Terminó apretando los labios, Jingyi, para evitar un gesto que hubiera delatado lo que estaba por explotar dentro de él. No era hambre, pero sabía que aquella situación lo llevaría a hacer algo que luego le daría demasiado trabajo.

Y a ti te he dicho que cierres los ojos y te concentres en respirar —el tono que usó fue más suave, ligeramente más grave de lo que había pretendido. Se mordió ligeramente la lengua, las puntas de esta se asomaron muy levemente, comenzaba a sentirse intranquilo—. Tus otros compañeros no han sufrido ningún daño, puedes ir a buscarles tú. Él… no debería entrar. Aunque mi arte de sangre no está hecho para hacer sufrir a nadie, luchar contra este puede ser molesto. Te daría una mejor explicación, pero él me cae mejor y le haré el favor de evitarle la vergüenza de darte detalles. Te recomiendo que seas un buen humano y consideres dejar de preguntar por el bien de él.

Jingyi no se movió, su ofrecimiento era claro y no pensaba cambiarlo. Si quería ir a por el par de cazadores, debería ser el chico del hacha quien se adentrase. Dado que no parecía perturbado por su arte de sangre, y era quien estaba exigiendo; le tocaba dar el paso a él.

No esperaría a una respuesta por parte del cazador, a Jingyi poco podría importarle lo que tuviera que decirle. Podría sentirse temeroso de que aprovechase el hecho de que le daba parcialmente la espalda para tratar de cercenarle la cabeza, pero el demonio quería pensar que el del hacha era observador y su experiencia le dejaba claro que un movimiento en falso llevaría a tener que explicar por qué era su compañero al que le faltaba la cabeza y no al oni que había pretendido matar.

Jingyi era calmado, pero no estúpido. No cometería el error de menospreciar a un cazador independientemente de su rango.

Tras meditarlo unos segundos, se encuclilló junto al llamado Keiichi y le tomó de la muñeca, el roce de sus dedos fríos contra la excesivamente cálida piel del humano provocó que el otro casi se ahogase con su propio aliento. Jingyi cerró los ojos y decidió pensar en algo trivial, algo tan banal como el número de sillones y butacas que había dentro del local; lo que permitiera ignorar el vacío que iba a agrandándose en la boca de su estómago.

Unos segundos y podrás volver a sentirte como siempre. Probablemente incómodo y quizás un poco humillado. Te entiendo —sus ojos volvieron a ponerse en el otro y muy ligeramente sus labios formaron una sonrisa, entre irónica y perezosamente condescendiente—. Ha de ser duro viajar con alguien que no entiende qué es estar excitado, ¿verdad? —añadió, en un susurro. La expresión del tal Keiichi casi consiguió saciar la ansiedad que comenzaba a burbujear desde algún lado de Jingyi. Los humanos eran tan expresivos, tan curiosos—. No es culpa tuya, pero te recomiendo que la próxima vez practiques el pragmatismo. Los seres humanos buscan la satisfacción personal en muchos aspectos. En el caso de la satisfacción sexual, te sugiero que, por funcionalidad, pongas tus miras en gente que esté predispuesta a aceptar ciertas insinuaciones. Es fácil saber quienes te harán caso por su lenguaje corporal. Cazador o .. ¿cómo llamáis a los otros? Como sea, con vuestro entrenamiento debería ser fácil notarlo —Jingyi se encogió de hombros y en un gesto rápido y sin regodeos, clavó una de sus uñas en la muñeca del humano. El compañero del chico del hacha emitió un sonido que, si bien parecía un grito, el demonio pudo reconocer los diferentes matices en los que no se percibía ni una nota de dolor. Bloqueó su arte de sangre, aceptando ese pequeño alarido como pago triste por tener que trabajar más de lo que había pensado y se puso de pie—. No suelo darles consejos a cazadores, pero dado que hoy no puedo disponer de vosotros; me permito darte un pequeño consejo. Desátate, así si existe la posibilidad de que debáis volver a por mí, tendrás una mínima oportunidad de hacerme algo —no es que realmente pudieran llegar a tocarle un pelo. Probablemente la mitad de su grupo se lanzaría sobre ellos en el momento que percibieran que existía una amenaza inminente. Jingyi terminó esbozando una sonrisa bastante relajada y casi amistosa, en lo que tomaba varios pasos hacia atrás para separarse completamente de Keiichi—. Así que “Okami”, es un nombre bastante irónico para tu compañero. Teniendo en cuenta la percepción 0 que tiene de su entorno.

Aunque fuese un comentario que pudiera ser entendido como una burla, para Jingyi era obvia la razón por la que había dicho eso. El cazador le disgustaba y agradaba a partes iguales y todo por la misma razón: la aparente invulnerabilidad frente a su arte de sangre.

¿A qué se debía?
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